terça-feira, 30 de maio de 2023

Presentes e castigos


                                                         
Foto: O Grove, Galícia, Arquivo Pessoal

 Sabem quando chega a hora de inventariar o quanto de dádivas ou punições temos acumulado? É quando a expectativa de futuro se reduz diante do passado.  Os ontens já são bem maiores que os amanhãs e o hoje vai seguindo cheio de agoras até o instante final. Talvez seja por isso que os velhos são silenciosos. O balanço exige reflexão e recolhimento. Talvez por isso existiam as cadeiras, de balançar e pensar. Segundo a natureza humana é impossível sermos perfeitos, tampouco erramos sempre.  Para isso está a própria vida, dando lições diárias e ainda assim continuaremos únicos em nosso conjunto de imperfeições, enquanto buscamos conhecimento, lugares, coisas, filhos, bem-estar, amor, sonhos e encantamento. Tanta coisa, não necessariamente nesta ordem. E cada um de nós com sua própria história, entremeada com a de outros, vamos separando alegrias e tristezas, mágoas e deleites. Assim seguimos tendo mil momentos agradáveis para recordar: filhos, universidade, formatura, trabalho, casamento feliz, a casa própria, a chegada dos netos, viagens etc.  mesmo reconhecendo os revezes e alguns perdões que nunca vão chegar.

Ah, se a vida fosse infinita, não houvesse mais passado, nem futuro, só um presente sem limites, sem relógio, sem degeneração física, sem doenças! Poderíamos ter mais tempo para aprender a amar e a fazer as coisas certas. Porém, somos seres mortais e não temos a certeza do céu da imortalidade. Que surpresas o universo nos reserva? Ou não haverá surpresa nenhuma. Viemos simplesmente do encontro de duas células reprodutivas e voltaremos a fazer parte da poeira terrestre como todos os seres animados e inanimados? Se eu tivesse mais fé pediria que o tempo fosse mais generoso. O que na prática é impossível. Para isso teríamos que correr mais que ele. Com sorte poderíamos ganhar a corrida, tentando nos aperfeiçoar com a maturidade. Enquanto isso os segundos vão passando tic tac. Felizmente, tenho telas em branco e um editor de texto. Faço deles minha cadeira de balanço, assim vou remexendo a memória e criando meu próprio julgamento. Ora me defendo, ora me acuso. Assim a memória resiste ao tempo.

 

 

segunda-feira, 22 de maio de 2023

Ardente Paciência

 

Isla Negra, Chile


Baseado na obra de Antonio Skármeta, Ardente Paciência conta a história de Mario, jovem pescador inconformado com seu destino previsível e legado do pai. Ele resolve buscar outra atividade e candidata-se à vaga de carteiro na pequena localidade de Ilha Negra, onde vive também o famoso poeta Pablo Neruda. É início da década de 70 e o cenário de fundo mostra a luta do povo trabalhador e o processo eleitoral em vigor no país. Mario apaixona-se à primeira vista pela filha da dona do pequeno restaurante local, mas nunca sabe o que dizer para confessar seus sentimentos. Neruda é o único morador que recebe cartas regularmente e os encontros cotidianos aproximam o escritor do jovem carteiro que passa a ler seus poemas e pede conselhos em como atuar para chamar a atenção de sua amada. 

O título segue o mesmo do livro do escritor chileno, portanto não é refilmagem do famoso ganhador do Oscar de melhor trilha sonora de 1994, O Carteiro e o Poeta— Il Postino—uma versão italiana e baseada na mesma obra. Mario de Ardente Paciência sobrepuja o Mario italiano em sensibilidade, curiosidade e talento poético, expressando pureza, virtude e singeleza nos sentimentos. Ele aprende a declarar seu amor em versos, trocando cartas com a sua escolhida que também ama poesia. Porém, muito além de aprender com o amigo poeta, o personagem transcende o que está nos versos. Vale conferir esse filme de Netflix, pois você vai se encantar com a fotografia que lindamente também verseja no filme.

 


quinta-feira, 18 de maio de 2023

La felicidad en tierras lluviosas

 

Café Moderno- Interior

Yo solía esperar a J. en la cafetería Capri en la Plaza San José, frente al emblemático edificio del Café Moderno al final de la calle Oliva. Quedábamos a menudo alrededor del mediodía, durante el descanso de mis clases de español, dos veces a la semana, y de su trabajo en una oficina cercana. Entre noviembre y abril, siempre llueve mucho en Pontevedra. No son tormentas con rayos y vientos. De hecho, raras veces he visto caer rayos allí. Es una lluvia muy peculiar.  Borrascas tras borrascas llegan del mar y duran días, a veces semanas, durante las cuales solo se ve una nebulosidad blanca o gris en el cielo, ocultando la luz del sol, afligiendo a los habitantes locales y aún más a las personas de los trópicos como yo.

Recuerdo esos nuestros días, casi siempre bajo la lluvia. En la mayoría de las ocasiones, yo llegaba primero y buscaba una de las mesas junto al cristal, admirando las estatuas de bronce de los cuatro intelectuales gallegos y el violinista en el centro de la plaza, elegantemente vestidos, formando la obra conocida como "La Tertulia del Café Moderno", esculpidos a tamaño casi natural. El agua de la lluvia resbalaba por sus delgados cuerpos, lavando el polvo de los últimos días del pasado verano, era recogida en la base de granito de la escultura y fluía hacia la calle, formando charcos en ciertas partes del camino y luego rodaba cuesta abajo por la Augusto Besada hasta llegar a Plaza de Galicia. Finalmente, este caudal desembocaba en el arroyo Corbaceiras, para alegría de las parejas de patos, los únicos seres vivos que parecían celebrar en esos días de clima hostil.

A pesar de eso, los lugares de comercio, tiendas, oficinas y las calles típicas del centro siempre estaban llenos de gente. Eran estudiantes, turistas, madres, padres y abuelos, muchos abuelos, empujando cochecitos de bebé plastificados. Me preguntaba: ¿cómo respiraban los niños allí metidos? Los paraguas multicolores, capuchas, gorros, bufandas, abrigos y calzados impermeables eran parte del ropaje de los transeúntes. Nunca me gustó salir a la calle en días de lluvia, pero tuve que reconsiderarlo y aceptarlo como rutina para poder vivir allí. Mi idea de lluvia era un rápido aguacero seguido de cielo azul, excepto en algunos inviernos cuando había inundaciones en el sur de Brasil y el fenómeno climático “El niño” se manifestaba— calentamiento anormal del Océano Pacífico que influye en el clima de Sudamérica, provocando fuertes y persistentes lluvias. Allí era más o menos así. Cuando llovía, no parecía detenerse. J. nunca me ocultó ese detalle, ya que temía que yo no me adaptara al clima de aquel lugar. Sin embargo, en la primavera y en verano, lo comprobé, el paraíso siempre se desvela en Galicia.

Antes de llegar a la cafetería, caminaba por el centro con mi paraguas de fondo marrón y lunares verdes. Un día, lo dejé en la entrada de H&M y me lo robaron o lo sacaron por error. ¿Quién sabrá?  El cumpleaños de J. era en los primeros días de noviembre y en un día como tal, pasé por la tienda de suministros de informática en la calle Castelán y le compré un pequeño pendrive como regalo. Él venía diciendo que necesitaba uno con más memoria para grabar las canciones que escuchábamos en nuestros paseos en coche y para las fotos de viaje. Casi siempre yo me detenía unos minutos en frente a los escaparates de las tiendas de ropa y de las parafarmacias, pero como nunca fui muy consumista, era más por mirar que comprar. Había buenas marquesinas frente a las tiendas y los llamados soportales en el casco histórico, antiguas edificaciones en arco que protegían a los peatones de las inclemencias del tiempo. Desde el edificio de la Cruz Roja, donde tenía mis clases, subía por la Plaza de Barcelos y escuchaba el alboroto de los alumnos de la escuela primaria de la esquina, atrapados dentro de las aulas, impedidos de jugar en el patio. ¡Pobres profesores!

En la cafetería, pedía mi café con leche de máquina vaporizado. Muchas veces, la tapa del día— pequeña porción de algún bocado que acompañaba a la bebida— eran cuatro trozos finos y retorcidos de churros sin relleno, nada parecido a nuestros churros brasileños de masa gruesa rellenos con dulce de leche. La bebida me calentaba y ya me sentía más libre de la humedad en otoño, a mi casi un invierno riguroso.

Mientras J. no llegaba, quedaba distraída con el móvil en las redes sociales, pero pronto lo veía a través del cristal. Venía apresurado con su abrigo impermeable oscuro, esquivando los paraguas abiertos que chocaban en las aceras y tratando de no chocar el suyo con nadie. Siempre llegaba ansioso por una taza de café y por el periódico del día que estaba abandonado en alguna mesa. J. fue una de las pocas personas que conocí que aún leía periódicos impresos, aunque solo había tiempo para leer los titulares, ya que estar allí era para disfrutar del café, contarnos cosas y planear otras.

Quedábamos unos 45 minutos, ambos necesitábamos volver a nuestras tareas y luego regresar a casa juntos, pero esos minutos de espera y convivencia eran tan valiosos que la melancolía del día lluvioso añadía un toque extra de felicidad a ambos. Yo sabía que él vendría, él sabía que yo estaría esperándolo. Estábamos dedicados el uno al otro. Muchas veces nos deteníamos en los anuncios pegados en el escaparate de Halcon, la agencia de viajes que había en la esquina de la plaza, antes de despedirnos. Fue allí donde compramos algunos billetes de viajes inolvidables.

Así disfrutábamos de ese tiempo de nuestra vida, persiguiendo nuestros sueños, en una rutina delicada y despreocupada, seguros de que sería para siempre. Hoy todo ha terminado, J. ya no viene encontrarme, ahora vivo muy lejos de allí. Vi la impermanencia en muchas cosas después de regresar un día sola a la ciudad. Excepto en la naturaleza y en la rutina diaria de las personas. Todavía aún llueve mucho en Pontevedra. Las piedras, calles, caminos y edificios siguen mojados con tanta agua que cae. El río que bordea la ciudad sigue encontrándose con el mar. Generaciones de patitos siguen nadando contentos en el arroyo Corbaceiras. Las personas siguen apresuradas de aquí para allá tejiendo sus historias, ganando o perdiendo la vida. La vida sigue el flujo del tiempo, de las estaciones y de los acontecimientos. Se dice que hay un tiempo para vivir y un tiempo para morir. Espero que la muerte también sea impermanente, que algún día, en algún momento y en algún lugar, volvamos a esperarnos mutuamente. Yo estaré sea donde sea, incluso si lloviera.

                                                                                     

sexta-feira, 5 de maio de 2023

Sendo feliz na terra da chuva

 

Foto: visit-pontevedra.com


Eu costumava esperar J. na cafeteria Capri na Praça San Jose em frente ao emblemático prédio do Café Moderno no finzinho da rua Oliva. Geralmente o encontro era em torno do meio-dia no intervalo de minhas aulas de espanhol—duas vezes por semana— e do trabalho dele num edifício de escritórios perto dali. Entre novembro e abril sempre chovia e ainda chove muito em Pontevedra. Não em forma de tormentas, precedidas de raios e ventania. Aliás quase nem cai raios por lá. É uma chuva muito peculiar. Chegam do mar borrascas atrás de borrascas e levam dias, às vezes semanas que só se vê uma nebulosidade em tons de branco ou acinzentado pairando no céu, escondendo a luz do sol, afligindo os moradores nativos e mais ainda as gentes dos trópicos como eu.

       Lembro, então desses nossos dias, quase sempre num cenário de chuva. Na maioria das vezes eu chegava primeiro e procurava uma das mesas rente à vidraça e ficava admirando as estátuas em bronze dos quatro intelectuais e o violinista galegos no centro da praça, vestidos elegantemente, formando a obra chamada A Tertúlia do Café Moderno, esculpidos quase em tamanho natural. A água da chuva escorria por seus corpos magros, lavando a poeira dos dias do último verão. A água recolhida na base de granito da escultura escorria para a rua, empoçando em certas partes do trajeto para depois sair rolando ladeira abaixo ao longo da rua Augusto Besada até chegar na Praça de Galícia. Por fim toda aquela água desembocava no riacho das Corbaceiras para alegria dos casais de patos, os únicos seres vivos que pareciam festejar naqueles dias de clima hostil.

     Apesar disso os locais de comércio, serviços e as ruelas típicas do centro estavam sempre cheios. Passavam estudantes, turistas, mães, pais ou avós—muitos avós— empurrando carrinhos de bebês plastificados. Eu me perguntava como as crianças respiravam ali dentro. Guarda-chuvas multicores, capuzes, gorros, cachecóis, casacos e calçados impermeáveis faziam parte da indumentária dos passantes. Nunca gostei de sair de casa em dias de chuva, porém precisei reconsiderar, encarar como rotina, senão não conseguiria viver ali. Minha percepção de chuva era de um pé d’água seguido de céu azul, salvo em certos invernos que havia enchentes no sul do Brasil. Ali era mais ou menos assim. Quando chovia, esquecia de parar. J. nunca me escondeu esse detalhe, pois temia minha inadaptação àquele clima daquele período do ano. Em compensação, com o início da primavera e no verão o paraíso se desvelava naquelas terras.

      Antes de chegar na cafeteria, eu passeava pelo centro com minha sombrinha de fundo marrom e bolinhas verdes. J. fazia aniversário nos primeiros dias de novembro e num dia tal como esse passei na loja de suprimentos de informática da rua Castelán e comprei-lhe um minúsculo pendrive de presente. Ele vinha dizendo que precisava de um com mais memória para gravar as músicas que ouvíamos nos nossos passeios de carro nos fins de semana.  Eu também gastava uns minutos olhando as vitrines das lojas de roupas e das parafarmácias que vendiam perfumes e cosméticos. Havia boas marquises diante das lojas e os chamados soportales no centro histórico, antigas edificações em arco que protegiam os pedestres das intempéries. Desde o prédio da Cruz Vermelha, onde assistia minhas aulas, subia pela Praça de Barcelos e ouvia a algazarra dos alunos da escola primária da esquina, presos dentro das salas, impedidos de brincar no pátio. Pobres professores!

     Na cafeteria pedia meu café com leite de máquina vaporizado. Muitas vezes a tapa do diapequena porção de alguma iguaria que acompanha a bebida— eram quatro pedaços fininhos e retorcidos de churros sem recheio, nada igual aos nossos churros brasileiros de massa grossa recheados com doce-de-leite. A bebida me aquecia e já me sentia mais livre da umidade naquela temperatura de outono, para mim já quase um inverno rigoroso.  

           Enquanto J. não chegava ficava distraída com o celular pelas redes sociais, mas logo o avistava através da vidraça. Vinha apressado com seu casaco impermeável escuro, desviando dos guarda-chuvas abertos que iam se batendo nas calçadas e tentando não bater o dele em ninguém.  Ele chegava sempre ávido por uma xícara de café e pelo jornal do dia que estava largado em cima de alguma mesa. J. foi das poucas pessoas que conheci que ainda lia jornais impressos, mesmo que só tivesse tempo para ler os títulos, pois ficávamos ali desfrutando do café nos contando coisas e planejando outras.

     Dispúnhamos de uns 45 minutos ali, ambos precisávamos voltar aos afazeres para mais tarde retornar à casa, porém aqueles minutos de espera e de convívio eram tão preciosos que a melancolia do dia chuvoso dava um toque a mais de felicidade a ambos. Eu sabia que ele viria, ele sabia que eu estaria esperando por ele. Éramos dedicados um ao outro. Muitas vezes nos detínhamos nos anúncios colados na vitrine da Halcon, agência de viagens que havia na esquina da praça antes de nos despedir. Foi deles que compramos alguns pacotes de viagens inesquecíveis.

     Assim desfrutávamos daquele tempo de nossa vida em comum, seguindo nossos sonhos, numa rotina delicada e despreocupada, certos de que seria para sempre. Hoje isso tudo terminou, J. não vem mais me encontrar, eu agora vivo muito longe dali. Eu vi a impermanência em muitas coisas depois que voltei um dia sozinha na cidade. Exceto na natureza e no cotidiano das pessoas. Ainda chove muito em Pontevedra. Pedras, ruas, caminhos e edifícios continuam molhados com tanta água que cai. O rio que margeia a cidade continua encontrando com o mar. Gerações de patinhos continuam nadando alegres no riacho das Corbaceiras. Indivíduos seguem apressados de cá para lá tecendo suas histórias, ganhando ou perdendo a vida. A vida, enfim segue o fluxo do tempo, das estações e dos acontecimentos. Dizem que há o tempo de viver e o tempo de morrer. Espero que a morte também seja impermanente, que um dia qualquer, de um tempo qualquer e de um lugar qualquer voltemos a esperar um pelo outro. Eu estarei lá, mesmo se chover.

 

 

 

A dor vivente


Imagem: Martyn Cook por Pixabay

Há uma dor insuperável, talvez não impossível, mas difícil de transformá-la em passado. O passado não passa assim irrefletidamente, mesmo que a vida siga sem dar atenção aos dissabores individuais. Há períodos de grande calmaria e florescimento, mas em outros a vida resolve retorcer, arrasar e desmantelar. E aí quando nos damos conta absolutamente tudo é passado. As estações vão e vêm, as pessoas cumprem anos, as crianças crescem, os adultos entram na meia-idade, os de meia-idade na velhice e a rotina toma conta de todos. A busca por sobrevivência despende nosso tempo. Às vezes até dá para esquecer aquela ferida aberta através de encontros divertidos, almoços de domingo, noites de amigas, um show de música, um filme na TV, um livro que absorve, uma pequena viagem, um telefonema de alguém querido, convites generosos de parte de quem se importa ou uma tênue esperança de estarmos perdoados de culpas assumidas. 

Muitos dizem com boa vontade:— Basta de estar no passado, a vida é para frente!— Mas a ferida insiste, porque é no silêncio interno que a dor mora. É um silêncio que ensurdece, impedindo o sono, evitando que novos planos se idealizem, que se criem outras formas de vida. E quando o sono enfim chega, vêm os sonhos que também impedem fechar a ferida, porque a dor que emana dela segue ali, mesmo que os substratos orgânicos se esforcem para fazer seu trabalho. Os remédios aliviam, mas não são capazes de aniquilar um sentimento com tendência à perenidade.

Outros dizem que é o tempo que cura. E que tipo de cura? O esquecimento é impossível. Como curar-se de uma perda inesperada e assustadora? Como aceitar que nunca mais verás alguém querido? Como limpar a memória? Não somos um disco rígido, que basta abrir o computador e deletar fotografias e histórias com apenas um clique. Não dá para reiniciarmos ou fazer o reset de fábrica. Ou melhor, quem faz reset de fábrica é justamente quem se vai e espero fortemente que seja assim, embora creia que ninguém faz por livre vontade, exceto os que cansam de viver. A estes lhes rendo pena, pois quando há saúde, juventude e frescor, a vida merece a vida.

Então restam visitas esporádicas virtuais a um túmulo, num cemitério além do oceano. Incrivelmente isso é possível através do Street View. Paro o mouse ali em frente e tudo ainda me parece inacreditável. Se eu pudesse deixaria uma flor virtual. Passei inúmeras vezes diante daquele muro de pedras amarelas sem dar a mínima atenção. Quem poderia imaginar que tão cedo um de nós teria seu destino ali por detrás, num jazigo de família. Muitos podem achar esse ato sinistro, insano e obsessivo e até pode ser. Sinto muito aos que gostariam de me ver virando a página. Eu também sinto, mas páginas em branco significam tempo e futuro. Eles gostam de brincar de esconder e são palavras que passaram a me atemorizar. Fica a esperança de que um deles resolva um dia compadecer-se e trazer ao menos quietude e paz para essa dor vivente citando uma expressão divina do poema Lembrança de Morrer de Álvares de Azevedo. 


Insônia